domingo, 2 de octubre de 2016

Cafeína para insomnes promiscuos, Por Alberto infante


Empezaré con una confesión: no me resulta fácil presentar este libro.

Me explicaré: acabo de cumplir 67 y Amaia Barrena tiene 27; pertenezco a la generación de la Transición, y a la generación de Amaia la Transición les debe sonar a algo, si acaso, un poco menos lejano que las guerras carlistas. En resumen, soy un hombre más que maduro de un tiempo que empieza a irse y Amaia una chica joven del tiempo que ya está aquí.

Además, por si fuera poco, desde el primer poema de este su primer libro, descubrí que Amaia posee una sorprendente facilidad para escribir, para enhebrar imágenes, sentimientos y metáforas, y también para iniciar, desarrollar y terminar sus poemas. Una facilidad que yo, que llevo escribiendo poesía desde muy joven, no he tenido nunca. Más bien al contrario. De hecho, mi primer libro publicado fue muy malo. Y tardé casi veinte en publicar otro.

Para remate siempre me costó hacer amigos. Ahora tengo bastantes, pero durante muchos años tuve muy pocos. Era tímido, retraído, malhumorado a ratos… y no tenía éxito con las chicas. Justo lo contrario de Amaia.

Joven, de su tiempo, con amigos, y con facilidad para escribir poesía… Amaia reúne varias características que envidio. Por tanto, para mí leer este libro de Amaia ha supuesto, primero que nada, un ejercicio de humildad. Porque, por si fuera poco, el primer libro de esta Amaia vitalista, sociable, simpática, es bueno. Demuestra que no hace falta andar torturado, ni adoptar tonos airados o forzadamente contraculturales para escribir buena poesía. Basta vivir, leer, mirar hacia dentro y ser sincero. El talento -y Amaia lo tiene- ayuda. Se tiene o no se tiene. Y Amaia lo tiene. Pero lo fundamental es lo otro.
Amaia Barrena y Alberto Infante 
Todos los primeros libros son especiales. Por muchos motivos. Uno de ellos porque establecen, a menudo para siempre, el Yo poético del o de la poeta. 

Amaia escribe desde un Yo trascendido a golpes a un Tu sobre el que se descargan y desde el que, rebotados, se reciben esos mismos golpes. En otras palabras éste es un libro de amor. Y, al menos en su primera parte, no de cualquier tipo de amor sino de amor romántico. Aunque el lenguaje y las imágenes que lo expresan no sean del siglo XIX sino del XXI.

Quiero decir, que es un libro escrito por una mujer joven y empoderada, una poesía de amor, de erotismo, de lujuria, de microondas, de chupa-chups, de rubias cervezas a deshora, de pieles de gallina, de selfies, de desnudos a dos cuerpos en la ducha y guerras por el último yogur, de lava-vajillas, de coyotes y correcaminos, de colchones con muelles a punto de saltar y de vitro-cerámicas.



Un libro que le hace justicia a la frase de Ana María Matute -Tal vez la infancia es más larga que la vida- con que Amaia introduce el poema titulado “El segundo columpio a la izquierda”, que es uno de los que más me gustan y que desvela, acaso mejor que otros, la propuesta interior de la poeta: 


“Te propongo un trato. / Maduremos de una vez, comportémonos como niños. / Quedemos en el segundo columpio a la izquierda.”



Y añado: éste es el libro de una chica que sabe que el País de Nunca Jamás está allí donde alguien consigue que nos deshagamos de nosotros mismos sin miedo a no hallar el camino de regreso, pues nunca se regresa si el viaje mereció la pena. Tanto menos se regresa cuánto menos de fantasía, cuánto más de hueso y tinta, de carne y riesgo ha sido el viaje.


Tal vez sea eso lo que motivó el poema “Lujuria en miniatura”, un bello poema de desamor desencantado -el inevitable final del amor romántico para cualquier mujer inteligente- que cierra la segunda -y veraniega-, y da paso a la tercera -y otoñal- parte del libro.

Que más bien debería haber sido primaveral porque arranca con una declaración de autonomía personal, femenina y feminista, titulada “Geometría de una dama en apuros”, y sigue con un canto a la sororidad con el bonito título de “Las guerreras que beben Cola-Cao”, unas gladiadoras con tacones dispuestas a comerse el mundo incluso esos días en que les cuesta habitar su piel, y la noche les pilla cortas de miras y deseosas de apretar cualquier gatillo.


Y, claro, a partir de ahí, toca reconstruirse. Con bolígrafos suicidas, termómetros de tinta y helicópteros de poesía para reciclar el mundo. Y con un nuevo abrazo, por supuesto. Pero no cualquier abrazo sino aquél que llega hasta los huesos y, cuando te sonríe, hasta resulta un placer sentirse defectuosa.

Después, a medio camino entre Rimbaud y Bécquer, descubrimos que la poesía también es “un orgasmo con un desconocido en un coche, una amiga queriéndote alguna infinidad más de lo razonable, una mirada de café ofreciéndote su teléfono…”, el hambre de devorar líneas hasta digerir soledades, saberse impar, y orgullosa y suficiente, enunciándolo al fin, quien lo diría tras haber escrito tanto, que Poesía era yo.

Artículo de fe y profesión de existencia autónoma que coincide, no por casualidad sino por esa subterránea corriente que a veces une en uno solo diversos flujos culturales, con el título de la reciente antología de poesía en español escrita por mujeres compilada por Raquel Lanseros y Ana María Merino, editada por Visor recientemente.

Y desde ahí hasta el final, la reinvención, el saberse inconquistable, rebelde, algo soberbia, como su ciudad, como su pueblo, buscando siempre la paz en las galaxias y la leche fría en la nevera, o la carta imposible al abuelo ido, al hilo de un pañuelo con un número bordado que recuerda, incluso en plena juventud, que nos iremos a menudo mucho antes de habernos ido.


Morir, vivir, olvidar… siempre vivir, pese a todo vivir, aunque la poeta se sienta un desastre que perdona a su caos, la perpetua novia de sus debilidades, la enamorada de sus propios monstruos. Parafraseando a Marx (Groucho), sostiene Barrena, muy en su estilo: “sin mis errores no podría marcar las siete diferencias en ese bonito pasatiempo desprovisto de páginas de soluciones que es el libro que pienso vivir”

La víbora ha aprendido a gatear y ya está en pie. El mundo aguarda.

Si yo fuera un historiador, un experto en feminismo o un crítico al uso -lo que desde luego no soy- diría que la poesía de Amaia Barrena se inscribe en una de las más fecundas corrientes de la cada vez más abundante poesía escrita por mujeres: aquella que sin hacer expresa profesión de fe difunde, sin embargo, lo mejor del feminismo, es decir una nueva, fresca, desprejuiciada mirada que quiebra estereotipos, anula ataduras y borra fronteras, donde lo cotidiano y el pequeño detalle no están reñidos con lo lírico, más bien lo sustancian, y la verdadera épica radica en vivir plenamente. Donde compartir importa más que competir, y trascendencia e inmanencia acaban siendo caras de una misma moneda.

Pero no se alarmen. Ya les dijo que no soy un historiador ni un crítico al uso. Así que no me pondré solemne.

Termino, pues, con una segunda confesión: llegado a este punto creí que ya estaba, que había cumplido mi compromiso y acabado la presentación de este libro de Amaia Barrena. Lo dejé, me fui a dar un paseo y me olvidé de él. 

Al día siguiente lo abrí de nuevo. Y descubrí, o redescubrí si lo prefieren -porque con la buena poesía uno siempre está redescubriendo algo-, más cosas. Descubrí o redescubrí una voz característica y un ritmo propio. Descubrí o redescubrí ingenuidad cínica y dolorosa ternura. Descubrí jueves con pantalones amarillos y albornoces al rescate, subastas de erizos y meteoritos suicidas. Simbolismo, surrealismo e hiperrealismo en amalgamas irisadas. Descubrí o redescubrí a una poeta con mucha vida y muchos buenos versos ya hoy y por delante.

Descubrí o redescubrí más cosas. Pero no quiero privarles del placer de descubrirlas por ustedes mismos.

Lean a Amaia Barrena y no lo olvidarán.

Solo me resta agradecerle a Juanje, de LUPI, que se atreva a editar este tipo de libros.

“Cafeína para insomnes promiscuos” y “Días pares e impares”, el excelente libro de Julián Borao, que luego presentará Blanca Sarasúa, nos redimen de muchas cosas. Entre otras del mal gusto, de la ramplonería, del tedio.

No es poco en los tiempos que corren. Disfrutémoslos.

Alberto Infante
Bilbao, 28/09/2016

fotografía
Unai Hueso
Amaia Barrena

3 comentarios:

  1. Desde luego una presentación que incita a leer el libro inmediatamente. Ya puedo hacerme con uno. Creo que Amaya vendrá a Pamplona a presentarlo. Algo me comentó Teresa Ramos. No me lo puedo perder por nada del mundo. Mil gracias por este regalo de apertura de unos versos que prometen por encima de todo, Alberto Infante.

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  2. Alberto Infante he leído con gran agrado tu exquisita presentación, tu análisis de la poesía de Amaia Barrena su poesíforma de escribir origi al y solo de Amaia poesía en revolución de la poesía para las nuevas generaciones y no se puede expresar mejor lo que desde el primer poema que la escuché supuso en mi y en mi pasión poética.
    Gracias por enseñarme con tus palabras.

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